Un implante cerebral permite a un hombre con ELA comunicarse y usar la computadora en casa

Un estudio en Nature Medicine siguió durante casi dos años el uso doméstico de una interfaz cerebro-computadora que permitió a un hombre con ELA escribir, navegar y mantener conversaciones con más autonomía.

Por Redacción Ciencias.UY 16 de junio de 2026 a las 04:45 5 min de lectura
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Casey Harrell sentado en su silla de ruedas en su casa mientras usa la interfaz cerebro-computadora, con cables conectados a la cabeza

Perder el habla y el control fino de las manos no solo dificulta una conversación: también puede cerrar la puerta a escribir un mensaje, responder un correo o moverse por una computadora sin ayuda. Un estudio publicado en Nature Medicine muestra hasta qué punto una interfaz cerebro-computadora puede cambiar esa situación en la vida cotidiana. Durante casi dos años, un hombre con esclerosis lateral amiotrófica (ELA) usó en su casa un sistema implantado en el cerebro para convertir su intento de hablar y moverse en texto y acciones sobre la pantalla.

La ELA es una enfermedad neurodegenerativa que daña las neuronas motoras, las células que controlan los movimientos voluntarios. A medida que avanza, muchas personas van perdiendo la capacidad de hablar con claridad, mover las extremidades y manejar herramientas de comunicación convencionales. Existen sistemas de apoyo, como teclados controlados con la mirada, pero pueden ser lentos, cansadores o poco confiables cuando la enfermedad también afecta el movimiento de los ojos o el esfuerzo necesario para sostener la atención durante mucho tiempo.

En este caso, los investigadores implantaron 256 microelectrodos en la corteza motora del habla de Casey Harrell, un participante de 48 años que ya tenía una parálisis muy avanzada. Esos electrodos registran la actividad neuronal asociada con el intento de pronunciar palabras. Luego, algoritmos entrenados con ese patrón de señales transforman la actividad cerebral en texto. Más adelante, el mismo sistema también incorporó el control de un cursor, de modo que el participante pudo usar la interfaz como si combinara teclado y mouse.

Lo más importante del trabajo no es solo que el dispositivo funcionara en el laboratorio, sino que siguiera siendo útil en la rutina doméstica. Según el artículo, Harrell utilizó el sistema más de 3.800 horas a lo largo de casi 23 meses y lo hizo en 364 de 397 días registrados. En ese período comunicó 183.060 frases, equivalentes a 1.960.163 palabras, con una velocidad media de 56 palabras por minuto. En sus propias evaluaciones, el 92% de las frases fueron decodificadas al menos de forma mayormente correcta. En pruebas controladas, en las que debía repetir palabras que aparecían en una pantalla, la precisión superó el 99% con un vocabulario de 125.000 palabras.

Esa cifra no significa que el sistema lea pensamientos complejos como en la ciencia ficción. Lo que hace es detectar patrones neurales ligados al intento de hablar o mover partes del cuerpo y convertirlos en una salida digital entrenada para ese usuario. Aún así, el resultado práctico es notable: el participante pudo enviar mensajes y correos electrónicos, navegar por internet y seguir trabajando en tareas de defensa climática. Con el tiempo, además, pasó de intentar vocalizar a usar una estrategia de habla silenciosa, con movimientos faciales sin emitir sonido, que le resultó menos fatigante y ayudó a aumentar la velocidad.

El estudio también importa porque muestra un cambio de escala en esta tecnología. Varias interfaces cerebro-computadora ya habían logrado resultados llamativos en entornos de investigación, pero una de las preguntas pendientes era si podían sostener un uso independiente, sin investigadores presentes todos los días para recalibrar el sistema o resolver fallas. En este trabajo, después de un período de entrenamiento, el participante y sus cuidadores pudieron manejarlo en casa. El equipo incluso incorporó un modo de privacidad que permitía interrumpir el envío de datos a los investigadores cuando el usuario quisiera.

Eso no quiere decir que el problema esté resuelto para la mayoría de las personas con ELA u otras formas de parálisis. El estudio describe un solo caso, con un dispositivo invasivo que requiere cirugía cerebral, apoyo técnico especializado y un entrenamiento prolongado. Además, los investigadores fueron actualizando el sistema a lo largo del tiempo, por lo que parte de la mejora reflejó cambios en el software y en la experiencia del usuario, no solo la estabilidad del implante. También quedan preguntas sobre costos, acceso, mantenimiento y seguridad de los datos en un eventual uso más amplio.

La principal novedad, entonces, no es una promesa futurista sino una demostración concreta: una interfaz cerebro-computadora puede salir del laboratorio y convertirse en una herramienta de comunicación diaria durante meses. Para una persona con una enfermedad que suele ir reduciendo de forma drástica la autonomía, recuperar la posibilidad de conversar, escribir y usar una computadora desde su propia casa no es un detalle técnico. Es una medida muy directa de cuánto una tecnología puede acercarse, por fin, a la vida real.

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Cita original

Card, N. S., Singer-Clark, T., Peracha, H., Iacobacci, C., Hou, X., Wairagkar, M., Fogg, Z., Offenberg, E. C., Hochberg, L. R., Stavisky, S. D., & Brandman, D. M. (2026). Long-term independent use of an intracortical brain-computer interface for speech and cursor control. Nature Medicine. https://doi.org/10.1038/s41591-026-04414-6

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