Lo que a primera vista parece apenas un puñado de bolitas marrones congeladas resultó ser un archivo biológico extraordinario. Un estudio difundido por Science News y publicado en Nature Communications analizó coprolitos, es decir, heces antiguas preservadas en permafrost, dejadas por ardillas terrestres en el Yukón. A partir de ese material, los investigadores reconstruyeron fragmentos de ADN de los propios animales, de su dieta y de otras especies que compartían su ambiente, con registros que se remontan a unos 700.000 años.
El valor del hallazgo está en que las madrigueras de estas ardillas funcionaban como pequeñas cápsulas de tiempo. Los animales acumulaban semillas, hojas, ramas, huesos y excrementos en túneles que luego quedaron sellados por el frío. El equipo estudió ese contenido usando herramientas de paleogenómica y ADN ambiental para identificar qué organismos estaban presentes en distintas épocas. Según la cobertura de Science News, el análisis permitió reconstruir genomas mitocondriales de 24 animales, incluidos varios de las propias ardillas, además de liebres, bisontes, caballos y mamuts.
Ese enfoque no solo ayuda a saber qué comían estos roedores, sino también a describir el ecosistema entero con una resolución difícil de obtener por otros medios. El artículo cuenta que los coprolitos conservaron ADN de cientos de especies del Pleistoceno y aportaron pistas sobre la composición de paisajes antiguos del Ártico. También sugieren que las poblaciones de ardillas del pasado no eran exactamente iguales a las que hoy viven en la región. El ejemplar más antiguo, cercano a los 700.000 años, incluso podría representar una rama evolutiva distinta de las especies actuales.
La importancia del trabajo va más allá de la curiosidad por la “poo paleontology”. Los autores plantean que estos archivos pueden servir para estudiar cómo cambiaron los ecosistemas árticos frente a variaciones climáticas profundas y cómo respondieron distintas especies a esos cambios. En un momento en que el calentamiento actual está alterando rápidamente el norte del planeta, disponer de comparaciones de largo plazo puede ayudar a entender mejor qué tan estables o frágiles fueron esas comunidades en el pasado.
También hay límites claros. Los datos provienen de contextos de preservación muy particulares, donde el frío extremo mantuvo el material biológico durante cientos de miles de años. Eso significa que este tipo de archivo no existe en cualquier ambiente y que las conclusiones dependen de lo que efectivamente quedó atrapado en esas madrigueras. Además, reconstruir un ecosistema desde ADN fragmentado no equivale a observarlo directamente: siempre requiere inferencias sobre abundancias, relaciones ecológicas y continuidad entre muestras separadas en el tiempo. Aún con esas cautelas, el estudio muestra que incluso restos tan poco glamorosos como heces congeladas pueden transformarse en evidencia científica muy potente cuando conservan una trazabilidad clara hacia la fuente original y el paper subyacente.
Frozen squirrel poop hints at sights and smells of Ice Age ecosystems · Science News
Science News · Imagen de la nota fuente de Science News; crédito y procedencia preservados · Fuente de imagen
Murchie, T. J., et al. (2026). Ground squirrel coprolites preserve complex archives of ancient environmental DNA over 700,000 years. Nature Communications. https://doi.org/10.1038/s41467-026-72977-6
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